Pixies: 30 años de Surfer Rosa

Hablar de los Pixies, es adentrarse en una de las bandas más icónicas e influyentes de finales de los 80s. Conformada por cuatro individuos con una percepción totalmente diferente de la música, pero que aun en esa rareza tan enigmática, lograron inspirar a figuras como Kurt Cobain en sus propias composiciones. Y que incluso ahora, cuando se cumplen 30 años desde su LP debut, continúan sonando como un eslabón ilógico pero precioso dentro de la música alternativa.

Oriundos de Boston, Massachusetts, la agrupación fue fundada por el vocalista y guitarrista, Black Francis, responsable de infundir esa peculiaridad intrínseca en cada composición. Pero, aunque era el cabecilla indiscutible, los Pixies no podrían ser concebidos sin sus otros tres miembros originales. Así, la guitarra de Joey Santiago, la voz y el bajo de Kim Deal, y la batería de David Lovering, fueron fundamentales en este cuarteto formado en 1986, entre avisos de diarios y coincidencias de la vida.

De esta forma, entre ensayos que incluían looks de oficinistas y la oscuridad de sótanos suburbanos, los Pixies fueron adquiriendo experiencia y renombre, mientras realizaban presentaciones en bares locales. Un año después de su formación, publicaron su primer EP, titulado Come on, Pilgrim, bajo el sello británico 4AD.

Ya en ese trabajo, dieron muestras de una dinámica especial. Entre gritos desesperados y una guitarra que se deslizaba siguiendo influencias surfers y psicodélicas, la banda entregó vestigios de un sonido totalmente original y una composición, que, entre palabra y melodía, parecía la fusión alternativa más extraña de la que se tuviera cuenta.

El 21 de marzo de 1988 editaron su disco debut, Surfer Rosa, considerado por muchos como su mejor álbum. Producido por Steve Albini, esta placa se caracteriza por un sonido crudo y minimalista. Así, aunque puede catalogarse como un disco complejo, debido a la suciedad de su producción, no hay disonancias o incongruencias entre los ecos protagonistas, sino que más bien una narración dramática y coherente. De este modo, la intensidad de la voz adquiere peso con el apoyo de la sincronía de la batería y el bajo, mientras la guitarra se les une entre rasgueos algo más calmos, pero tan eléctricos como las emociones que evocaban los gritos desesperados de Francis.

Casi como una mescolanza de colores y sabores, con esta placa los Pixies vienen a cimentar una senda musical que parece sacada de los estrechos subterráneos de una ciudad a oscuras. Con la fuerza de Bone Machine, Surfer Rosa arranca con el ímpetu acumulado de sus músicos, adquiriendo más prolijidad en el tema que sigue, Break my Body. Aquí el foco cae en el juego de voces entre Francis y Deal, los que son potenciados por el toque psicodélico de la guitarra.

Something Against You, Broken Face y I’m Amazed aparecen como manifestaciones de una ansiedad atorada entre las cuerdas y las baquetas, porque esa sensación casi animal de suciedad y agitación, envuelven y redondean la experiencia que ofrece Surfer Rosa. En los tres temas, nuevamente aparece una rareza sublime e inquietante, desconcertando entre la intensidad de una melodía desaforada y una letra que evoca a situaciones poco convencionales, algo recurrente en la especial dimensión de la creatividad de Francis.

Un vuelco viene a dar Gigantic, cediéndole un poquito de protagonismo a Deal, quien aun en un rol secundario como corista y bajista, impacta con el juego de su dulce voz y la historia sexual de un amor interracial, enmarcados en un tema con corte más radial y pegajoso. Mientras que, por su parte, Oh, My Golly le añade un sabor españolado, y Vamos, vuelve a encauzar el ritmo trastornado de una locura contenida en 32 minutos.

Pero a pesar de ello, las joyas de este disco están guardadas en tres canciones ubicadas en la mitad de la placa. Cada una de ellas, le da una sofisticación y eleva la experiencia que ofrecen los Pixies con su álbum debut, ya que se aleja de una rudeza que a ratos puede sonar un poco repetitiva, abrazando con más prolijidad esa excentricidad tan característica de este cuarteto.

Una de estas canciones es River Euphrates, pista que ofrece un trabajo agresivo pero mejor madurado. Golpeando entre la intensidad y distorsión de una guitarra que se desliza casi como entre olas, pero que nunca aterriza en la rabia comprimida de la interpretación de Francis.

Por su parte, la famosa Where is My Mind, guarda perfectamente la simbiosis pop rock de esta banda, mientras expone la habilidad de su vocalista para construir melodías sacadas de otro tiempo y era, casi como un puente entre el mundo de los vivos y las fantasías posibles solo en otros universos. Pero su fuerza no está en la letra, sino que contenida en esa melodía pop, repetitiva y pesada, que se arrastra entre los hipnóticos cánticos de sirena de Francis y Deal.

Finalmente, Cactus, es una historia aparte. Comparte ese sonido crudo vertebral tan intrínseco a la placa, pero lo lleva a un espacio más íntimo. Se aleja de la intensidad gutural contenida en estos cuatro especímenes que forman los Pixies, y aterriza como la pista más romántica de un disco que no tiene nada de eso. Solo en el universo de Francis, es posible construir romanticismo desde una canción que evoca a prisiones, anhelos y la soledad inherente a los desérticos cactus. Otro punto a su favor es que fue versionada por el maravilloso David Bowie en 2002.

Así, los Pixies funcionan bajo un frenesí que fusiona la visceralidad del punk y la incandescencia de un rock con tintes pop, mientras sus intérpretes continúan disparando emociones que surgen de una guitarra que baila en su propio ritmo, una batería potente, un bajo preciso y una voz que invita a soltar de la cabeza el tornillo de mental y a gritar de a poquito todas las frustraciones que carcomen.

En ese sentido, Surfer Rosa puede ser entendido desde la brutalidad que sólo se emana desde el estómago. Como la rabia y la ansiedad que aparecen de a poco y destruyen todo a su paso. Y, sin ser un álbum tan pesado, en cada una de sus trece canciones se halla, de manera tan expuesta e hipnótica, el espíritu de quien quiere comerse al mundo de un solo bocado.

Por eso, los invitamos a saborear de a poquito, o si quieren de un mordisco gigante, esta joya incandescente que los Pixies legaron hace ya 30 años. ¡Disfruten!

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