Jenny Hval: La voz que importa

En la fría neblina de Noruega, se esconde algo inquietante. Algo que sale de la tónica pesada de metal y más metal. Algo inspirador y único. Y tiene nombre y apellido: Jenny Hval, artista que en sus vaivenes invita a una dimensión sonora y visual totalmente distinta.

Con una teatralidad futurista y un saborcito que recuerda a las creaciones de Kate Bush y Bjork, hablar de Hval es adentrarse en algo tan interesante como cautivador. Su música se mueve en las ondas experimentales propias del Avant- garde, desde donde entrega protagonismo al sintetizador, mientras impone su elástica voz con experticia.

Con seis discos dibujados en su piel, cuatro bajo su firma y otros dos con el nombre de Rockettotheske, esta compositora formada en la escuela gótica, ha logrado cautivar desde una voz que sale de lo convencional, mientras saca a relucir una pluma que se mueve entre versos que pueden parecer disparatados, pero que dan forma a himnos que reivindican luchas que van desde el feminismo hasta cánticos que proponen el fin del capitalismo.

Sí, Jenny Hval no es para todos los gustos. Pero es necesario escucharla. No es una pieza repetida en el catálogo de la música actual. Es una artista totalmente rupturista, provocadora y quizás algo agresiva, que ha sido elogiada por eminencias del proto punk, como Iggy Pop, y que hoy aparece como lectura obligatoria para los melómanos que se mueven con ansiedad buscando algo refrescante. Y les digo, en ella lo encontrarán.

Su posicionamiento musical comenzó en 2011, con el lanzamiento de Viscera, álbum que como su nombre lo indica, tiene algo de esa congestión acumulada que de pronto escapa. Por ello, la placa está envuelta entre matices oscuros, crudos e inalcanzables. Con cada palpito, las construcciones melódicas de Jenny Hval inquietan, pero evocan con fuerza una sensación deprimente y nostálgica, que, a mi juicio, aparece en muchos álbumes escandinavos.

En 2013, llegó el turno de Innocence is Kinky, toma que supo contener la complejidad y la ambición de la artista. En este disco, destacan canciones etéreas pero ruidosas, como I Got no Strings y Mephisto in the Water, dando espacio incluso para cánticos tiroleses, como aparece en la canción que cierra el álbum, The Seer.

Por más excéntrico que pueda sonar cada pista, nada es discordante, todo sigue una lógica y narra una historia que solo es posible de entender siguiendo los ecos de la voz de Hval. De esa forma, a lo largo del disco, esos ecos son protagonizados por múltiples personajes, entre los que destaca Juana de Arco, quien aparece como un espíritu presente, como la fuerza que unifica y potencia. La niña y la mujer. La víctima y la loca. La dualidad entre lo normal y lo incomprensible.

En 2015 publicó Apocalypse, Girl, larga duración que la llevó a otro plano y que logró posicionarla en mercados extranjeros. Con este disco, Hval utiliza la virtuosidad y suavidad de su voz como una cuestión que la acerca a la divinidad, llevando ese sabor oscuro a un plano más inspirador. En tanto los sintetizadores y la vena experimental siguen potenciando un sonido que traspasa esas barreras terrenales. Así, a través de esta placa logró atraer la atención con canciones como That Battle is Over y Sabbath, temas que tratan el feminismo como una cuestión de piel, como una lucha que es inherente al ser humano.

Al año siguiente, publicó Blood Bitch, disco que consagra su rol como evocadora, como puente entre el pop y el arte, cuestión que logra usando la música como medio para abogar por la reivindicación de la realidad femenina y por la autosuficiencia. Esto lo lleva a cabo siguiendo una narrativa que podría parecer totalmente ilógica, al contar historias de vampiros para adentrarse en la fascinación por la sangre. Extrañísimo, tal vez. No obstante, todo tiene un porqué.

En estas temáticas que para algunos pueden parecer tan bizarras, Jenny Hval encontró una nueva manera de reflejar la tan elusiva representatividad de las mujeres en la historia y en los medios. Particularmente, en este álbum, sus inquietudes se mueven por espacios aún más provocadores que los ya conocidos, pero logra masterizar esa cuestión tan rara que la atañe. Toma tópicos que socialmente pueden ser tabúes, como el cuerpo de la mujer desde la propia perspectiva femenina, y lo transforma, al concederle una dosis poética, musical y peculiaridad sumamente bella y delicada, la que le entrega con el apoyo de la herramienta que mejor maneja: su voz.

 

Considerando lo anterior, escuchar a Jenny Hval, puede ser toda una experiencia, pero ahí reside su importancia. Es una compositora diferente, que límita en lo outsider, tal vez en lo incomprendido, en aquello que al ser tan diferente cautiva de golpe. Es una músico que consiente del poder que puede tener su voz y su talento, elige ocupar esas herramientas desde su originalidad y su rareza, aquello que la hace única y desde ahí marca la diferencia.

Fuera de ello, Jenny Hval, también aporta al añadir un valor narrativo a su música, al convertirla en un vehículo para posicionar temas silenciados pero aun así importantes, eligiendo narrar desde la vereda de la poesía y el arte, tramas socialmente potentes.

En ese sentido, su figura es como un paréntesis ante lo que se espera que suene en Spotify. Un lapsus que tiene una dosis onírica y un saborcito a rebeldía. Pero lo más inquietante y atractivo de ello, es que, como paréntesis, no es una interrupción, sino que es una transformación. Así, con ese arte sonoro, viene un movimiento fuerte, natural y visceral. Viene la potencia de una mujer que perdió el miedo, que vive tal como es y que no da respuestas a nada. Su vigor está guardado en que no calla, sino que pregunta y exige.

 

 

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